Suplemento Cultural de El Derecho Digital

Narrativa Uruguaya

 

Nada como el amor (para hacerte llorar)    [*]  

Mercedes Rosende    [**]  


¿Hay un fin del dolor?
No la cicatriz: memoria, olvido, signo.
Para recordar que, fríamente, algo fue extirpado.

La crisis nerviosa fue sutil. Clavó un alfiler en la foto, primero en la corbata de Daniel, después en los ojos, una y otra vez. Después arrugó la foto, la hizo un bollo, la tiró sobre el techo de un mueble. Fue a la heladera y buscó algo de comer pero sólo logró que el arroz frío la hiciera llorar. Quiso abrir una lata de atún pero el abrelatas no funcionó. Nada funcionaba en su vida. Nada.

El sonido del teléfono la hizo correr, atropellar una silla, pisar la cola del gato.

- Hola.

- Buenas tardes, llamamos de la empresa “Tiempos eternos” para comunicarle –la mujer hizo un silencio que significaba que ella debía estar expectante-, que fue sorteada para beneficiarse con un descuento del veinte por ciento en la compra de una parcela. Le hablo de una parcela en un cementerio parquizado, un concepto diferente para planificar la última morada…

- ¿Un cementerio? ¿usted me habla de comprar una tumba?

La mujer del otro lado suspiró levemente, como si ya hubiera dado la explicación necesaria.

- Es un nuevo concepto…

No quiso escuchar más. Colgó.

A veces pensaba cómo sería el Hombre Perfecto, jugaba a imaginarlo. Sería más joven que Daniel, más delgado, deportista. Tendría todo el pelo y una panza chata con músculos dibujados como un tablero de ajedrez. Buen carácter. No sería depresivo ni malhumorado. Tal vez un poco bronceado. Tendría perros en su casa y una ex esposa en algún lugar de Asia.

Otra vez el teléfono. Soltó la cartera que tenía en la mano y el contenido se desparramó por la alfombra. Esta vez esquivó al gato en su carrera.

- Hola.

- Se cortó la comunicación.

- ¿Quién habla?

- “Tiempos eternos”, el nuevo cementerio parqui…

- No quiero una tumba. No me moleste más.

Volvió a colgar.

Intentó decidir entre salir a comprar pañuelos con dibujos de mariposas o seguir usando el papel higiénico para secar los fluidos de sus ojos y nariz. Mentalmente decidió que sufrir con mariposas sería más digno y se puso el tapado para ir al supermercado. Era domingo y en el ascensor no se encontró con nadie, ni en el hall, ni en la puerta del edificio, apenas se veía gente en la calle. Pensó que más tarde llamaría a su madre para interesarse en su intestino. Compró mucha comida, desinfectante para el inodoro y una oferta de diez paquetes de pañuelos desechables con dibujos de ositos celestes. No había mariposas, esta vez no podría sufrir con mariposas revoloteando en torno a su nariz. A la vuelta del supermercado decidió tomar el camino más largo, unos doscientos metros. Sintió que estaba haciendo lo mejor para controlar la depresión. Debía caminar mucho, hacer ejercicios suaves, comer sano, beber de dos a tres litros de agua por día, le había dicho su psicóloga cuando empezó a visitarla después de que Daniel la dejara. Ella había quedado esperando una solución más drástica, algo como un mantra que repetido cien veces hiciera olvidar a la persona que nos había herido. Pero la psicóloga había sido clara:

- Antidepresivos o terapia de actividades: ejercicio físico, comida sana, tareas domésticas, salidas frecuentes. Si no quiere tomar antidepresivos, debe producir más endorfinas por sí misma para mejorar el ánimo.

Ella no quería tomar antidepresivos ni producir endorfinas, quería acostarse a dormir y no despertarse jamás. O vaciarse de recuerdos, y olvidar las manos de él para siempre.

Llegó a la puerta del edificio y se sintió acalorada, no había sido buena decisión ponerse un tapado tan grueso en setiembre. Nadie en el hall, nadie en el ascensor. La puerta de su vecina estaba abierta, y miró hacia adentro con la esperanza de ver escenas de libertinaje, pero sólo llegó a ver una pierna y unos dedos rascando la piel. Intentó ver si la pierna y los dedos pertenecían al mismo cuerpo, pero alguien tosió y ella se apartó de la rendija. Entró a su casa y vio el tintineo de la luz de aviso del contestador. Ni siquiera dejó las bolsas en el suelo, se precipitó sobre el botón.

“Hola, soy yo –decía la voz de su madre-, otra vez estoy mal del intestino. Llamame”.

Piiiiiiiiiiiiiiip.

“Le habla Susana, la profesora de dorado a la hoja. Es para avisarle que mañana no tendremos clase porque estoy indispuesta”.

Piiiiiiiiiiiiiiip.

Y nada más. Una nube pasó y se detuvo en sus ojos, y ella aprovechó para sacar los pañuelos. Los ositos celestes parecían mejores que las mariposas para el llanto, ahora que lo pensaba. Recordó la última noche que habían pasado juntos en Colonia, la despedida en el puerto. Usó tres o cuatro pañuelos y los dejó sobre la mesa, donde ya había muchas mariposas arrugadas.

Daniel vivía en una ciudad en el este de América del Norte, un sitio infinitamente lejano. Ella era profesora de Español y lo había conocido en el foro virtual de un periódico. “Narrativa, Dramaturgia y Poesía”, igual que “Recetas Dulces y Saladas” y “Qué aprendí este año”, eran espacios donde la gente sola y sin sexo va a conocer más gente sola y sin sexo. Él hablaba un idioma de los setenta, de la época en que había emigrado, y a ella le gustaban aquellas palabras que ya nadie usaba. Era como volver a otro tiempo, al tiempo en que ella tenía quince años y la gente decía esas palabras sin sentirse rara. “Qué plato”, decía él cuando algo le causaba risa, y ella reía.

Todos los días se mandaban mails, hablaban por teléfono y se enviaban mensajes de celular, en un despliegue de alta tecnología puesta al servicio del amor. En dos años de relación habían estado tres o cuatro noches juntos, y ella había empezado a olvidar su cara. Alguna vez había sentido que su destino era despertar cerca de esa cara, que no había nada que quisiera en la vida más que eso. Pero ahora sabía que en algún momento tendría que juntar coraje y tirar a la basura esas estúpidas sandalias de tiritas y taco empinado que había comprado para estrenar cuando lo viera. Las razones que él había dado para terminar su relación habían ido variando con el tiempo, que estaba deprimido porque no estaba haciendo música, que no tenía tiempo porque ahora sí estaba haciendo música, que tenía que viajar para hacer más música. Y cada vez y ante cada excusa, ella había esperado que llegara su turno. Había pasado dos años haciendo cola en la vida de Daniel.

Empezó a preparar la cena, un poco de pescado y unas papas con tomate. En estos meses su cuerpo se había ido consumiendo hasta quedar en huesos y piel. No era que no comiese, pero masticaba la comida demasiado tiempo y a veces se olvidaba de tragarla. Agregó crema y manteca al pescado con la ilusión de quien agrega calorías al cuerpo de un hijo desnutrido. El olor era bueno pero ella nunca tenía hambre.

El teléfono cortó el silencio, lo trituró.

- Hola.

- ¿No escuchaste mi mensaje?

- Ahora iba a llamarte, acabo de llegar, mamá.

- Creo que me tengo que internar en el hospital. Seguro que me van a operar.

- ¿De qué?

- De los intestinos. ¿De qué va a ser? Estoy expulsando un liquido amarillo. Cerró los ojos y trató de no pensar en intestinos y líquidos amarillos justo antes de la cena. Hizo el intento de terminar aquella conversación y lo logró, no sin ofender a su madre, pero ya se le ocurriría alguna excusa para aplacar su consciencia.

Se sentó a comer el pescado y las papas, sin hambre. Pensaba en intestinos y líquido amarillo. Se obligó a tragar, tan lejos del placer de la comida como está la Tierra de Urano. Masticaba y tragaba. Cuando terminó pensó en él, y la noche amenazó alargarse en una espiral inmensa. En ese preciso momento él estaría terminando su día en un país de África, una isla, un sitio ignoto donde estaba grabando algo desde hacía un par de semanas y de donde jamás la había llamado. Volvió a sonar el teléfono. Esta vez no corrió ni se sobresaltó, estaba tratando de acostumbrarse a que nunca era Daniel.

- Hola

- Necesito verla en media hora, en el bar Delondon. ¿Lo conoce?

- Sí, pero dígame de qué se trata. ¿Quién es usted?

Antes de terminar la frase escuchó el golpeteo rítmico de una llamada cortada y quedó mirando el aparato. Número equivocado o algún loco haciendo bromas, por supuesto que no iría a ningún bar a encontrarse con un confundido o con un enfermo mental.

Daniel la había dejado por culpa de las palabras, pensaba a menudo, palabras no dichas o dichas a destiempo, palabras mal interpretadas, mal ubicadas en la frase, y ella se sentía inmensamente culpable por no haber sido capaz de manejar las palabras, de organizarlas. Justamente ella. Él la había acusado de agredirlo con sus palabras, y aunque ella lo intentaba todos los días, no era capaz de recordar ni la razón ni el tema de la discusión que había originado su ruptura. En sus dos años de relación había habido momentos similares, palabras que ella pronunciaba y que provocaban en él largos silencios o situaciones del tipo “no nos hablamos”. Ahora atravesaba la sensación de que estaba sola en el planeta por culpa de sus propias palabras, y la quietud del domingo no mejoraba las cosas. Tiró la mitad de la comida, lavó el plato lentamente, fregó la olla hasta dejarla reluciente como parte de su terapia de actividades cotidianas para no pensar en él.

Se sentó a revisar su correo electrónico donde nunca estaba el nombre que buscaba. Ofertas de vitaminas, un par de mails de amigos, “alargue su pene hasta dos pulgadas”, más ofertas de vitaminas, viagra, casino, inversiones. Pensó que ella era una de esas mujeres criadas con cuentos que terminaban diciendo “y vivieron felices toda la vida”, y tal vez por eso no podía conformarse con el hecho de que el amor de ellos tuviera fecha de caducidad como una caja de ravioles. Nada como el amor.

Entró en el foro de “Recetas de cocina para el otoño que se viene” aunque en su hemisferio se venía la primavera. Copió una tarta de duraznos en almíbar aunque odiaba los duraznos en almíbar y un pollo relleno que jamás sería capaz de hacer. Miró la hora. Todavía era temprano para tomar la pastilla e ir a la cama, todavía no era tiempo de sumergirse en la nada.

El recuerdo de Daniel ocupaba todos los momentos del día, si trabajaba o si caminaba por la calle, si hablaba con alguien o limpiaba el baño, su recuerdo se superponía a lo que estuviera haciendo. Había estado siguiendo las estrategias para no pensar en él que le sugiriera su psicóloga, trataba de leer, cocinaba, sus ollas estaban relucientes de tan fregadas, pero a menudo le sucedía que se encontraba mirando páginas de un libro sin verlas, o tiraba comida que ni sabía cuándo había preparado.

Recordó la llamada que acababa de recibir, seguro que no era para ella. ¿Y si era? Podía ser un enamorado anónimo, pero la voz no le había sonado como la de un enamorado, más bien como un prestamista que cita a su deudor para acorralarlo. Pero ella no tenía deudas con nadie. ¿Alguien que quería hacer un negocio? Pero, ¿qué negocio se puede hacer con una profesora de Español? Se preguntó qué pasaría si fuera al bar Delondon. Nada, porque nadie la reconocería ni se acercaría a hablarle. Podía elegir entre llevarse a la cama pañuelos con ositos o tomarse un taxi e ir al bar Delondon.

Se puso el tapado y salió a la calle. El abrigo ya no le pesaba, la defendía del viento, la separaba de la noche. Se subió al taxi y dio la dirección del bar. Vio los ojos del taxista en el espejo retrovisor, vio interés y aburrimiento, en ese orden. Desvió la mirada hacia el exterior, a los plátanos que empezaban a tener hojas.

El bar estaba lleno de homosexuales y marineros, como era de esperar por su ubicación, pero a ella no le importó y se sentó en una mesa apartada. Le gustó ese ambiente que no quería ser acogedor. “No soy tu casa”, gritaban las sillas de respaldo incómodo. “No soy tu casa”, advertía la luz inclemente en los ojos. Ella quería estar en un sitio que no era su casa. Pidió una cerveza, no porque le gustara sino porque le pareció que era lo único que no desentonaba en ese sitio. Aquella era su primera salida desde que Daniel la dejó diciendo que “la quería mucho pero en ese momento no era capaz de tener una relación”. Tomó la cerveza y tras el segundo vaso se preguntó si él no sería uno de esos hombres que nacen con el nombre de su ex esposa tatuado en el pecho. No importaba, aún en caso de que en su pecho hubiera cien nombres de mujer, ya ninguno sería el suyo. Sacó algunos ositos celestes de la cartera, por las dudas.

Alguien se acercó, mirándola. No parecía gay ni era coreano.

- ¿Me puedo sentar?

- Claro. Me debe una explicación.

Él sonrió y la miró, dejó el sobretodo en una silla y pidió café. Parecía simpático, muy locuaz. Era más delgado que Daniel, tenía más pelo. Más joven. Habló un poco de su trabajo, de unas vacaciones que había pasado en Brasil, media hora más tarde le dijo que era linda. A ella le gustó que se lo dijera porque últimamente se sentía gris como una toalla usada. Como una toalla abandonada en el piso de un gimnasio.

- ¿Y cuál es el tema?

- ¿Qué tema?

- Usted me citó para hablar de algo. Hace un rato, por teléfono.

- No, yo no la cité. ¿Tomamos cerveza?

- Alguien llamó a mi casa, estoy aquí porque…

- ¿Alguien la citó a un bar de marineros?

El tipo rió y dijo un par de cosas desagradables, sonrió mostrando unos dientes afilados.

- Váyase.

Él se fue sin chistar, sin pagar su propio café, ella salió apurada como si hubiera recordado una tarea pendiente.

Lo que sucedió esa noche cuando llegó a su casa, de tan repetido es vulgar. Dejó de fregar ollas, de caminar y de hacer cursos, dejó que los antidepresivos lo hicieran por ella.

Con el paso del tiempo y la ausencia Daniel fue transformándose en un rostro de sombras, pero todavía tuvo que pasar mucho antes que se decidiera a tirar las sandalias y más aún antes que dejara de comprar los pañuelos con ositos que usaba muy tarde por las noches, pero el olvido por fin llegó y él desapareció de su vida.

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Cuento inédito

Escribana, docente, escritora y dirigente gremial. (Datos de la autora)

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