|
Suplemento Cultural de El Derecho Digital
Poesía
|
Lugar perfecto
[*]
Roberto Appratto
[**]
Las últimas palabras de mi madre
tal vez un día antes de su muerte
(casi no hablaba) en el cti del hospital italiano,
una sala antigua donde unas cortinas separaban
cada cama de la de al lado. ella permanecía
casi todo el día con los ojos cerrados, derrotada
a los 83 años recién cumplidos. Así que
cuando entré a verla, ya de tardecita, después
de hablar con mis hermanos afuera, y me acerqué
a la cama para saludarla, pensaba, como se piensa en esos casos,
y como la ya prolongada enfermedad nos había acostumbrado
a pensar, quién era esa madre, qué había sido, qué quería decir
madre después de tantos días de internada y de tantos años
de ser madre, qué era, mientras le agarraba la mano
libre de cables, con cuidado, la relación entre hijo y madre, eso
estrictamente personal que había entre ella y yo: ella, Noemí Davison,
tirada en la cama, notoriamente enflaquecida
y con una mueca de dolor que, de alguna manera , reproducía
la mueca de risa que siempre había tenido,
aun cuando no hubiera nada de qué reírse, y que amabilizaba
sus rasgos, o los hacía cómicos a su pesar: ella era
un cuerpo quieto al cual yo llegaba, entonces, un viernes,
para estar al menos un rato,
unos minutos , como las dos semanas anteriores,
exactamente desde su cumpleaños el 10 de julio, cuando, de niño,
tomaba chocolate caliente en el festejo: estar con mi madre,
con la mano agarrada, era tratar de hablar, de hacer valer
de algún modo ese tiempo
como el tiempo entero de ser hijo. La luz intensa del recinto,
general, convertía en público lo privado, dejaba a la vista la vacilación afectiva, la distancia que me suspendía frente a su rostro y su pelo gris,
nunca del todo blanco. Estaba con los ojos abiertos, pero no se sabía qué veía, qué era el mundo que se le venía encima, y ahí estaba yo,
el hijo menor, ante la suavidad
que la rodeaba, un aire leve que le impedía levantar la voz y mucho más devolver la presión de los dedos de ese tipo, de cuarenta
y nueve años, a quien, tal vez, no reconocía como su hijo:
un aire de no esperar nada de nada, ya
“casi sin resto” como me había dicho el médico de guardia: un espacio de silencio profundo que rompió diciendo “mijito”, muy despacio,
pero también muy claro. Como una prueba, un juego que disimulara
la gravedad de la situación, y a la vez incluyera el tiempo de hijo y madre que estaba en la escena, le pregunté
qué hacía yo en la vida. Literatura, dijo, sin dudar ni un segundo,
sílaba por sílaba. Eso fue lo que dijo esa noche, lo que quedó
entre ella y yo, como si fuera poco. Cuando salí a la calle,
a la oscuridad del parque, vi que me había queda solo,
a la intemperie, con las últimas palabras de mi madre:
el saber secreto de mi madre que, desde entonces,
deja al presente en una línea sólida que muestra lo que hubo,
el sonido del tiempo restante para ser hijo
y hacer literatura en la intimidad del fresco de la noche. Para eso,
entonces, sin olvidarse de nada.
Todos los poetas esconden algo
cuando avanzan hacia la mesa de lectura
con unos papeles bajo el brazo. Lo saben antes de empezar
y lo afirman con gestos expresivos, elevando la voz ante las hojas.
Los que sólo ven la superficie no entienden el énfasis
con que señalan un estado de las cosas o se sitúan en otro tiempo,
pequeñas escenas con un sentido muy preciso, pero invisible.
Eso que esconden es un trato exclusivo, personal, con el mundo.
La conexión secreta con una forma de poesía que se dicen a sí mismos
como una revelación inesperada que les llegó,
en otro momento de su vida,
y ahora cantan una versión menor,
inevitablemente menor, procurando que no se note:
piensan en otra cosa, no en lo que leen,
ni en las palabras que pronuncian,
emocionados de coraje. Piensan en un saber que esconden
no por discreción sino por decisión de mostrar sólo signos de poeta,
arrebatos oscuros que tal vez los delaten, pero sólo
de una manera tangencial. Al terminar
se levantan de la mesa con la convicción de haber cumplido,
una vez más, con el silencio que los preservará. Más tarde
repetirán el nombre oculto con una vibración en la voz,
aun en susurros.
En otros tiempos yo miraba El crucero del amor
y Simon & Simon los domingos de noche, en familia,
en el living. Era una continuidad segura, una cosa
detrás de la otra y en sí misma. Me acuerdo de la música
de El crucero del amor cuando presentaban a los actores:
“su capitán”, “su cantinero” y después venían Simon & Simon
Investigadores y empezaba un caso policial en tono ligero,
que seguíamos, lamentando los cortes comerciales. Era
los domingos de noche, era una capa de la noche
iluminada por dentro, preservada en lo más íntimo.
En esos momentos las voces del capitán y de la azafata
resonaban en silencio, en el hueco que el domingo de noche
dejaba a la altura de las circunstancias: ése es un tiempo
que se aparta de otros sólo por eso, por el brillo particular,
por ejemplo, del recuerdo de Bernie Koppell
como médico de a bordo, el mismo que hacía de jefe de Kaos
en El agente 86. Lo concreto de lo que era
ayuda a ver la vida alrededor. Simon & Simon era en California,
en un entorno de playa permanente y ropa ligera:
la música en los puntos dramáticos era la ficción absoluta
de la madurez en dictadura, el campo visual en blanco y negro
al final de cada semana del ochenta.
Como si todo estuviera dicho y sólo quedara repetir El crucero del amor
y Simon & Simon, una y otra vez, casi sin respirar. Como si la vulgaridad
se hiciera visible sobre las ruinas del gesto cotidiano, y todo eso
para llegar al lunes.
Tengo para escribir cuatro poemas
todos al mismo tiempo, material
hay de sobra, puedo escribir más si quiero
pero alcanzaría con cuatro: tomo aire
y meto unas palabras en el primero,
paro con ése y sigo así hasta el cuarto
hasta que llego a una cantidad suficiente
de palabras en cada uno y termino,
no sé cómo pero termino más o menos a tiempo
para dar una vuelta y decirme: tengo cuatro poemas,
todos en un rato, y así día por día llego
a ciento veinte poemas por mes y a mil
cuatrocientos cuarenta por año, lo cual
está bien. Novelas
serían un poco menos.
------------------ooooo0ooooo --------------------
| |