Fecha

2019

Categoría

Narrativa

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a encontrarse con mi vida


Volver - Carlos Gardel y Alfredo Le Pera

La curva. El vértigo del cuerpo abandonándose en ella, dejándose ir impulsado por la fuerza del auto que dobla a gran velocidad hacia la izquierda y el cuerpo que se desplaza hacia la derecha, deslizándose contra el respaldo del asiento. Un instante infinito en el que pierdo el control del cuerpo, de la mente y de los pensamientos y la consciencia de ser, para abandonarme en ese vuelco en que no sé, y en ese momento tampoco pienso, como va a terminar.

Ese único instante de dejarse ir, como de niña cuando la hamaca sube y no importa que unos centímetros mas arriba ya no tenga fuerza para seguir subiendo y va a empezar a bajar, y voy a volver a sentir el aire fresco en la cara, la varilla fría de hierro a las que mis manos se agarran, la tabla de madera en la que estoy sentada, el chirrido de las argollas que entrelazan la hamaca con el caño que la sostiene y los gritos de otros. Y sentir ganas de en el próximo ascenso, cuando la hamaca alcance la máxima altura, soltarme e impulsar el cuerpo hacia adelante y salir volando con el envión sin pensar en la inevitable caída.

El mismo instante de abandono corporal, de vértigo que me hace perder todo y perderme de todo, lo acabo de sentir en esa curva, en el asiento trasero de este taxi que me lleva por las calles de Buenos Aires. Un taxi que va demasiado rápido para mi seguridad, mi miedo y mis pocas ganas de llegar a destino, pero lo suficiente para transportarme en un instante a esa sensación en la que quisiera detener el tiempo y allí quedar suspendida. Porque me recrea el baile, la sensación del tango, de abandonarme en los brazos del hombre y dejarlo hacer y que el cuerpo haga por si solo lo que sabe, sin tener que pensar. Sólo siendo, sólo sintiendo

Quiero quedarme atrapada dentro de esa sensación y no poder salir, para no darme cuenta que el taxi esta avanzando por la Avenida San Juan, de que estoy llegando a San Telmo y de que aquí todo me duele. Que el dolor está intacto desde hace cinco años, desde aquel domingo de mañana. Que no se debilitó ni se secó, como una flor guardada dentro de un libro, sino que mantuvo su intensidad. Que está vivo, como si la flor hubiera sido mantenida por una mano secreta durante años, con sus colores originales y con gotas de humedad en los pétalos.

–Tenés que venir, tu madre está muy enferma –me dijo Perla en el teléfono, y sus peores palabras fueron: –me pidió que te hiciera venir.

Perla, tan inexpresiva en estos últimos cinco años en los que nos vemos dos minutos cada mes, cuando voy a llevarle dinero para mi madre, a la casa en la que ella trabaja haciendo limpieza. Nunca me abre, recibe el sobre que le entrego a través de la reja y ni una sola, vez después de aquella conversación, tan corta pero tan dura, se detuvo a darme información sobre mi madre. Es un seco “bien” o “tirando” o “llevándola” todo lo que Perla dice. O a veces sólo un gesto con los ojos y la boca que se tuerce a un costado, para que yo intuya que algo no está bien. Para hacerme sentir que mi madre sufre por culpa mía y para que eso me pese. Entonces se forme una bola de incertidumbre y angustia que queda rebotando en mi interior durante el resto de la semana hasta que logra ubicarse en algún lugar del pecho o próximo a la garganta. Porque la primera vez que fui ahí, a llevarle dinero a la única amiga y vecina de pensión de mi madre, cuando ya no pude volver a San Telmo, ella me miró con un gesto acusador y con algo de desprecio, a través de la reja como si yo fuera la culpable y no la victima.

–Está bien que no vayas más a verla –dijo– ella no quiere que vayas, no quiere verte porque dice que te provoca vergüenza.

Esas palabras de la bonachona de Perla, que siempre se acercaba a tomar un mate durante las visitas semanales que yo le hacía a mamá en la pensión, me enfurecieron. Me trajeron lágrimas calientes a los ojos y un puño me golpeó en la garganta desde adentro y le grité

–Claro que me da vergüenza, mucha vergüenza.

Y ya casi no volví a hablar con Perla en el breve intercambio del sobre que ella entrega a mi madre, a quien no quise volver a ver desde aquel domingo.

No volví a mis visitas de los sábados por la tarde, a la pensión de la calle Humberto I, a media cuadra de la plaza Dorrego, a donde ella quiso mudarse cuando murió papá, aunque teníamos el departamento de Belgrano. Ella no quiso quedarse en el lugar que le traía los recuerdos de un marido trabajador y poco alegre que llegaba en las madrugadas, cansado y taciturno, del trabajo de guardia de seguridad en una fábrica de plásticos, para acostarse a dormir durante el día. Ella quería estar cerca de los recuerdos del otro hombre que tuvimos en papá, el de los fines de semana bailando tango, en la plaza de San Telmo los domingos, y frente al cementerio de la Recoleta los sábados por las tardes. Ella necesitó ser la viuda del hombre vital, del pelo engominado y el gacho ladeado sobre la frente, con el traje oscuro con rayitas blancas. El traje que ella planchaba los sábados de mañana en la cocina, mientras él cantaba en el baño afeitándose. La viuda del hombre que bailó tango en la calle, sobre una alfombra negra que él mismo tendía, con el pañuelo rojo atado en el cuello y los zapatos con punta blanca. Al que la gente se paró a mirar y muchas mujeres se entregaron a sus brazos para sentirse fuera de sí mismas, para abandonarse al vértigo de ser por un instante sólo sensación. Para sentirse arrabaleras de tango, en los brazos de ese hombre buen mozo, de sonrisa desafiante con las puntas de los labios apenas levantadas y mirada oscura. Y siempre, con otra mujer en brazos, él daba un giro para colocarse de frente a mi madre y hacerla sentir partícipe y dueña de él. La mujer del Malevo de San Telmo.

Ella quiso mudarse allí para escuchar los restos del eco de su voz en las cornisas de los balcones, para encontrar el roce de sus zapatos en el empedrado de las calles, ya sea yendo hacia delante o hacia atrás, dando un giro o haciendo un quiebre. Para pasar el trapo en el mostrador de madera barnizada del bar en donde él se acodaba para tomarse una grapa y un descanso, y donde ahora ella ayuda con la limpieza los domingos. Se mudó a esa pensión para moverse en los mismos escenarios de antes, y para que éstos, ahora vacíos de él, se lo recrearan. Ese constante revivirlo allí, que para ella es el alimento de sus días, para mí es un tormento doloroso.

La plaza de San Telmo me duele, me veo allí sentada, manejando los discos de pasta según las indicaciones de mi padre y lo veo reflejado en el brillo de la rueda de ojos curiosos y admirados que lo miran moverse. Lo veo allí quebrase con alguna bailarina diestra de turno, de las que iban a veces a acompañarnos, o con alguna turista rígida a quien él hacía sentir, la mejor bailarina de tango.

Me siento en sus brazos dejándome llevar por el Malevo de San Telmo nadando en esos ojos negros y viendo su sonrisa sin mostrar los dientes.

–Soltate, soltate –me decía porque él sentía que yo necesitaba abandonarme mucho más a su conducción– dejás el cuerpo rígido como si no sintieras el tango en la sangre.

La plaza Dorrego me duele todavía tanto, como me dolió el día que el corazón se le detuvo en pleno baile mientras sostenía a una turista brasileña que vestía la camiseta amarilla y verde del seleccionado de fútbol de ese país, porque Brasil había salido campeón del mundo y muchos brasileros lo celebraban por la calles de Buenos Aires. Veo su cuerpo arquearse hacia atrás con un espasmo, un movimiento discordante ajeno a la armonía del baile, y tensarse como un tablón de madera cuando otra descarga lo tumbó al suelo sobre la alfombra negra. Lo veo tendido en la calle, muerto ante la mirada incrédula de quienes segundos antes lo miraban compadrear con gallardía.

Evitaba la plaza cuando iba y evité ir siempre los domingos por las mañanas. Días de feria, días de tango y muerte en San Telmo, hasta aquel último en que me animé. Aquel domingo en que me sentí tan enamorada y por ende muy fuerte como para poder enfrentar los recuerdos, y me dejé llevar por Álvaro que venía de Córdoba, y no conocía San Telmo, e insistía en que se lo mostrara. El domingo en que la vi.

Me bajo del taxi sin apurarme. Necesito ir despacio y dar rodeos. Necesito darme tiempo y no ver la plaza, por lo que evito la calle Defensa en la que me deja el taxi y camino hasta Balcarce. Me interno en Balcarce cuando ya son las diez de la mañana y cae una niebla en forma de gotitas que mojan todo con sutileza. Se posan sobre la tela de mi abrigo de paño sin deformarse, se apoyan allí sin llegar a penetrar la tela y forman una capa de gotitas microscópicas. Un manto de tristeza.

Las tiendas de anticuarios ya han levantado las cortinas y encendido las luces. En las vitrinas iluminadas los objetos se aprietan, como codeándose, como queriendo exhibirse y llamar la atención de quienes se detienen a mirarlos del otro lado del vidrio. Infinidad de jarrones del siglo pasado, arañas de caireles y muebles art decó. En otras veo el cambalache desordenado de antiguos juguetes de hojalata, pipas, paraguas, canillas de bronce, pilas de comics de los sesenta, alhajas, fonógrafos y victrolas.

Pienso que logré guardar a San Telmo y todo lo que contuvo, y contiene, como a una antigüedad, una pieza única y siniestra de la que no me puedo deshacer, pero a la que no quiero ver. Y a diferencia de las tantas antigüedades que se exhiben en las calles, en la feria y en las vidrieras de los comercios de aquí, la escondí. La guardé dentro de un armario tapada con mucha ropa, de la que ya no uso para que no sea que por casualidad, al mover una prenda, la pieza quede al descubierto o asome alguno de sus vértices retorcidos.

Me duele cada paso que doy hacia donde está la plaza que, aunque no veo, siento, y sacudo la cabeza para no oír la música que empiezan a tocar mis emociones y que es el tango " Esta noche me emborracho" que va a empezar a cantar en mi interior, la voz de mi padre y no quiero escuchar. Esa primera estrofa que tanto escuché de niña, como si Discépolo hubiera sabido lo que un día yo iría a ver y a sentir. Apuro mis pasos y escucho sólo el ruido de los tacos de mis botas contra el empedrado de la calle. Hay muy poca gente en la calle. Es martes y a esta hora de la mañana no han llegado aún los turistas, que estarán desayunando en los hoteles y que además dejarán la visita a San Telmo para el domingo, para ver la feria y a algún bailarín de tango.

Pero no logro detener la voz de mi padre que empieza a cantar dentro de mí "Sola, fané, descangayada la vi…” ni evitar que me invada la imagen de aquel domingo de hace cinco años, en el portal de un casa antigua en la calle Defensa a media cuadra de la plaza Dorrego, adonde fui contra mi voluntad, pero llevada por el amor. Vestía una pollera negra muy corta que dejaba ver sus gruesas piernas marchitas, enfundadas en medias negras caladas con un trenzado de rombos grandes. Calzaba unos zapatos de taco alfiler. El gacho negro de mi padre ladeado en la cabeza, el pelo amarillo reteñido, cayéndole en chuzas sobre los hombros y en una punta de la boca, pintada de un rojo grotesco, un cigarrillo a medio arder. Si esa imagen hubiera sido estática no me hubiera dolido tanto como el movimiento patético que ella le imprimía a su cuerpo. Un leve meneo de caderas y el torso que se iba hacia delante con un brazo extendido, descubierto, blanco y pulposo y la mano temblorosa con la palma hacia arriba, como si estuviera cantando un tango. Atrás, pegada a la pared había una cartulina con fotos de ella, sola y con mi padre y en letras grandes y mal dibujadas, como por un niño, decía: la Maleva de San Telmo.

Algunas de las personas que pasaban desviaron la mirada por pudor, como se hace con alguien a quien le falta una pierna, o con un enano. Otras se rieron y comentaron por lo bajo, y algunos muchachos le gritaron obscenidades, pero mi madre, la maleva de San Telmo, permaneció imperturbable balanceando el cuerpo hacia delante, sin mover los pies.

Y fue un instante que tuvo más peso que mil palabras. El momento en que nuestros ojos se encontraron, como si se hubiera extendido entre los iris de ambas un hilo invisible que los conectó, una vena por la que circuló, fue y vino, la vergüenza. Y ese torrente de vergüenza que me invadió toda y que ella vio, arrasó a su paso con la dignidad de las dos y de la memoria de mi padre y fue a desembocar y a empozarse en una laguna interior donde se le unieron la humillación y el rechazo.

Llego a la calle Humberto I y camino hacia la pensión que está frente a la Iglesia de Nuestra Señora de Belén. La iglesia está abandonada al silencio. Entro en la pensión y atravieso el corredor de la entrada hacia el gran patio abierto con piso de baldosas viejas y rotas. No miro hacia donde estará don Manuel, metido entre los pedazos de muebles viejos, trozos de antigüedades y cámaras de fotos, entre las que parecen estar todas las que existieron desde los primeros años en que se inventó la fotografía. Hay un gran charco en medio del patio que debo esquivar porque caen gotas desde la claraboya. Allí dentro las gotas son grandes y caen pesadas, rebotan en el charco que las recibe y se levantan apenas con un rebote, formando un semicírculo.

Respiro un aire húmedo y añejado mientras llego al el pie de la escalera que sube hasta la galería abierta del piso superior, por donde se accede a las piezas de la pensión. Hay tanta música y voces de tango que se mezclan en la escalera, que no logro distinguir ninguna, porque allí el silencio no existe, está siempre habitado por los bandoneones y la voz de Gardel. Me siento observada y levanto la cabeza para encontrar a Perla, acodada en la baranda frente a la puerta del cuarto de mi madre. Esta vez su cara me lo dice todo. Mi madre esta muerta.

Vacía de toda emoción, anestesiada, llego junto a Perla que me señala la puerta de mi madre con un gesto de la cabeza y me dice: –No quise hacer nada hasta que llegaras.

Me suben a los ojos todas las lágrimas guardadas durante cinco años y empiezan a caer por mi cara con fuerza, como las gotas gruesas que se meten por la claraboya, y soy consciente del silencio. De un silencio de pausa, como rascado por una púa en un disco de pasta en el surco entre canciones y mientras apoyo la mano en el picaporte de la puerta de mi madre, el silencio se quiebra y me llega fuerte y clara desde el cuarto de Perla, la voz de Gardel cantando la primera estrofa del tango de Discépolo y del que algunas palabras me golpean:

“Chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando su desnudez... Parecía un gallo desplumado ...., al verla así rajé, pa no llorar”.


Eloísa Armand Ugón