Fecha

2019

Categoría

Narrativa

La habitación del sanatorio era demasiado calurosa.

María del Carmen, que iba a ser operada la mañana siguiente, retiró el fino acolchado blanco que la cubría y conservó sólo la sábana.

Tenía un neurinoma en el acústico izquierdo y la operación era de alto riesgo, aunque la única molestia que sentía era un leve y constante zumbido en el oído.

La intervención era inevitable: el tumor crecía sin pausa y la acercaba primero a una parálisis y luego a la muerte. No le quedaba opción alguna.

Poco antes le habían ofrecido un calmante para que durmiera, pero lo había rechazado: no se encontraba nerviosa.

No quería morir, pero como era inevitable correr el riesgo, ya había razonado largamente que si la muerte sobrevenía durante la anestesia, la cosa era bastante mejor.

Ese razonamiento -con la distancia correspondiente- era similar al que hacía respecto de los frecuentes robos de la época: si entraban cuando ella no estaba en casa, no la preocupaban casi.

Colocó en el pasa C. D. La Sinfonía Italiana -era bastante convencional en materia de música-y se dispuso a dormir.

Entonces llegó a sus oídos -a su oído derecho es mejor decir-una voz femenina alta y resuelta:

-¿Va a donar sus órganos?

Quien le hablaba desde la puerta de la habitación, con un formulario apoyado en una pequeña tabla, era una médica, o una enfermera o una ¿psicóloga? porque vestía una impecable y alegra túnica naranja, es decir, no tenía la tradicional túnica blanca, tal vez para rodear de mayor vida a su tarea.

-¿Cómo?

-Si va a donar sus órganos, en caso afirmativo, si todos, algunos, alguno...

María del Carmen recordó que desde hacía algún tiempo esta pregunta era habitual; pero también recordó la recomendación de que se practicara en momentos adecuados: por ejemplo, al inscribirse en Facultad o en algún club, al tramitar el pasaporte o la jubilación.

No en la antesala del quirófano.

A pesar del insistente zumbido, razonó rápido:

-Sí, claro, los dono...

-¿Qué edad tiene?

-43 años.

-¿Es sana?

-Y... más o menos, si salgo de ésta, creo que quedo bien, vamos a ver.

-Bien; en este caso, firme aquí.

La Túnica Naranja se acercó a su cama.

María del Carmen revisó el formulario y algo se agitó en su cerebro

-Voy a firmar, pero estableceré algunas condiciones...

Un gesto de fastidio se esbozó en su interlocutora, que se repuso rápidamente.

-Bueno, usted dirá.

-En primer término, quiero que antes de que se me extirpen los órganos útiles, certifique mi muerte el médico forense de Turno.

La médica, enfermera ¿psicóloga? lo escribió al pie del formulario.

-Me tiene que dar una manera de ubicarlo rápido.

-Por supuesto, al terminar se la doy. Pero quiero algo más: que lo que quede de mi cuerpo se industrialice, por ejemplo que se haga paté o corned beef, no sé, lo que sea más adecuado, de eso no entiendo, lo dirá algún frigorífico... que se envase correctamente y se distribuya entre las poblaciones hambrientas. No me importa de qué parte del mundo. Puede ser en nuestro país, en algunas zonas de nuestros vecinos... Pero no soy patriotera: así como no me importa dónde vaya mi corazón o mis córneas, lo mismo debe ser con el paté: donde se necesite: África, India, América, Europa, es igual.

La funcionaria anotaba las palabras de la donante en forma automática, sin poder reaccionar ante lo que estaba oyendo.

Luego de unos momentos, dijo apenas:

-Es imposible.

-No, no, usted debe llenar el formulario, lo exige el Banco de Órganos. Incluso ya lo hizo: creo que hasta la van a felicitar por el resultado.

Rápidamente sacó de las manos de la Túnica Naranja el formulario y lo guardó en la mesa de luz.

La funcionaria ya había reaccionado e intentó recuperarlo, pero María del Carmen lo impidió con energía.

-Vaya, consulte si quiere, pero esto queda así.

La mujer, indignada, abandonó la habitación y María del Carmen telefoneó inmediatamente a una amiga escribana.

-Por favor, Marisa, te preciso en seguida.

-¿Qué te pasa? Pensaba ir a acompañarte esta noche...

-No, ahora, rápido, vas a ver.

Marisa pensó que su amiga habría decidido testar, pero sabía que carecía totalmente de bienes. ¿Qué se la habría ocurrido?

Llegó pronto al sanatorio; advirtió cierta agitación en la zona administrativa.

-Vamos, Marisa, voy a firmar en tu presencia este documento y quiero que me certifiques la firma y protocolices todo.

Aún sin leer nada, Marisa certificó la firma de su amiga y después se concentró en las cláusulas agregadas. Quedó tan demudada como la funcionaria.

-¿Te parece?

-Sí, sin duda, de golpe lo vi claro, soy totalmente responsable de lo que dije. En realidad, a cada minuto que pasa estoy más convencida. No sé cómo no se ha legislado sobre el punto-

-Pero... es... inhumano... es absurdo... es asqueroso, antropofágico...

-Pero está pensado para casos de extrema necesidad y la tercera parte del mundo o las dos terceras partes, no sé bien, se muere de hambre. Esa gente necesita tanto las proteínas que mi cuerpo puede aportar como los futuros transplantados necesitan mis órganos. Es una cuestión vital ¿no te parece?. Ya que estoy donando, que sea todo. Me gusta pensar que si me muero algo de mí siga funcionando un poco por ahí, que mis pies sigan corriendo... Me consuela mucho esa idea, me da ánimo...

María del Carmen lamentaba que la habilidad asombrosa de los médicos transplantadores no llegara aún al transplante de cerebro, el órgano clave el que le gustaría que sobreviviera intacto en alguien. Pero bueno, que alguien lo comiera, como los aztecas comían el corazón de los guerreros que sacrificaban, para adquirir su valor. Tal vez fuera cierto.

De pronto entró el director del sanatorio y anunció a María del Carmen que la operación se suspendería por veinticuatro horas porque era necesario practicarle nuevos exámenes a fin de asegurar el éxito de la operación.

Luego, en forma amable, le solicitó el formulario.

-Ah, doctor, no se preocupe, está en buenas manos. Doné todo, la señora Directora del Banco de Órganos va a quedar satisfecha.

-Pero debe guardarse en el Sanatorio.

-Bueno doctor, después que la escribana lo protocolice se lo entrego.

Sin saber qué argumentar, el médico se retiró en silencio de la habitación.

Pero la cantidad de enfermos que esperaban por transplante era abrumadora. Los médicos estaban ansiosos por esa posible donación múltiple y la operación se realizó sin demoras.

Lamentablemente, María del Carmen no sobrevivió.El fracaso ya estaba previsto como probable ante la extrema gravedad del caso: tal vez el equipo quirúrgico estaba más nervioso que de costumbre por las cláusulas del formulario, tal vez se habló mucho de eso durante operación o tal vez era, simplemente, la hora de María del Carmen. Con la velocidad que exigen los transplantes, los órganos fueron debidamente acondicionados.

El corazón quedó en Montevideo, los riñones volaron a Porto Alegre, las córneas, tan solicitadas, partieron para el Este, la piel fue a enriquecer el Centro Nacional de Quemados. El hígado viajó a Santiago del Estero, pero un grave accidente que sufrió el avión que lo transportaba, impidió que llegara a tiempo y hubo que tirarlo.

¿Y el resto?

Frente al resto se agitaban las autoridades, no ya del sanatorio, sino del país, porque el contenido del formulario se había filtrado a los medios de comunicación y no se hablaba de otra cosa.

Por su lado, Marisa, una vez que se repuso de la primera y dolorosa impresión que le causó la muerte de su amiga, resolvió empeñarse en que se cumpliera su voluntad a toda costa.

Por otra parte, el contrato, por así llamarlo, ya había tenido principio de ejecución al haberse emplazado debidamente los órganos. Correspondía, pues, cumplirlo en su totalidad.

El señor Ministro de Salud Pública se había convertido en estrella de los medios y, sumamente desconcertado, aseguraba a la población que el caso ya se encontraba en manos de los abogados del Ministerio.

Los abogados por su parte, trataban de informarse si había algo similar en la legislación comparada. Si bien cada uno tenía su propia opinión, ninguno se atrevía a manifestarla.

Ni siquiera sacerdotes y pastores se consideraban con la última palabra y respondían en forma sibilina, tan desorientados como los otros.

Pero Marisa no cejaba. Había logrado que lo quedaba de su amiga estuviera a buen recaudo, en el freezer más seguro de la Morgue y ella misma se encargaba de controlar diariamente su estado.

También se habían interesado, en forma cautelosa, los propietarios de los pocos frigoríficos que quedaban en el país.

Y el Ministro de Industria se encontraba en apuros.

En un popular programa de televisión se planteó audazmente el tema y los distintos panelistas, habitualmente resueltos y transgresores, se miraban entre sí, sin atreverse a hablar primero.

El coordinador, que tampoco se encontraba muy seguro, intentaba una y otra vez abrir el debate, hasta que por fin y de pronto, todos comenzaron a hablar a la vez: se entrecruzaban argumentos contradictorios y se llegó al final del programa sin que la audiencia hubiera sacado ninguna conclusión y sin saber qué opinaban realmente los integrantes del panel.

Sin embargo, se acercaban las elecciones y los candidatos proclamados por los partidos se vieron acorralados.

En otro programa televisivo, y luego de múltiples y oscuras intervenciones radiales, tuvieron que afrontar las cámaras y contestar concretamente qué opinaban sobre el delicado tema.

Uno de los candidatos, cuyo caudal de electores se agrupaba mayoritariamente en el campo y en las actividades agropecuarias, expresó su temor de que si se generalizaba la generosa actitud de María del Carmen, la principal fuente de ingreso de sus votantes se vería sensiblemente disminuida y debía tenerse en cuenta que ya se encontraba en apuros por la enorme cantidad de cargas que pesaba sobre su economía.

En cambio, el candidato de izquierda, que contaba con mucho apoyo entre la población menos favorecida, se vio obligado a opinar que podía admitirse este tipo de donaciones y hasta legislarse sobre el tema, a fin de establecerse con claridad las condiciones sanitarias suficientes; pero, por respeto a quienes eventualmente recibirían el beneficio, correspondía someter la decisión a plebiscito, con todas las garantías de una Corte Electoral insospechable, para que el pueblo dijera la última palabra.

Otro de los candidatos vio en la iniciativa un cabo de solución para la decaída industria del país: sobraría materia prima, se aliviaría el grave problema del desempleo; pero habría que observar las máximas garantías respecto a los adjudicatarios de la naciente industria: selección de los mismos por rigurosas licitaciones, controladas por el Poder Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial y, eventualmente, por un tribunal internacional -ya que se podría pensar en exportar- con sede en Suiza.

Marisa veía, desalentada, que la generosa actitud de su amiga se iba desvaneciendo. Ella, que contagiada del entusiasmo de María del Carmen, ya veía la cara de ésta en modernos envases que talvez recorrieran el mundo enalteciendo la imagen de nuestro país entre los más desarrollados que no habían tenido la visionaria idea, temía por el fracaso de la empresa, aunque no dejaba de frecuentar la Morgue, en visitas ya similares a las que se practican en todos los cementerios del mundo.

Ante los artículos alarmistas de un diario sensacionalista y de una revista seudo científica, el Sr. Fiscal de Corte dispuso que el Fiscal de Turno formalizara una denuncia ante la Justicia competente, por algunos eventuales delitos. Pero el agente - o más precisamente la agente- ya estaba sólo sometida a la Justicia divina y luego de algunos interrogatorios hubo de disponerse la clausura de los procedimientos y el archivo de los obrados.

Así pasaba el tiempo y el "caso del paté" fue historia.

El joven que había recibido el corazón de María del Carmen, se había fanatizado con la causa y era el amigo y el apoyo más consecuente de Marisa. Se había contactado con una organización internacional y fue invitado en varias oportunidades a dar conferencias sobre el tema en Munich, Ciudad del Cabo, Belgrado, Nueva Delih y en unas islas del Pacífico cuyo nombre nunca había logrado pronunciar.

Su vida, con el noble y emprendedor corazón de María del Carmen, había ampliado sus horizontes y era inquieta e interesante.

Marisa, entretanto, se había acostumbrado al ambiente de la Morgue. Ya no la asfixiaba el olor penetrante del éter y otros que no quería siquiera individualizar. Había trabado amistad con el personal, desde el portero, que incluso le arrimaba café y conversación sobre los nuevos llegados, hasta con los médicos autopsistas, de los que había aprendido mucha medicina póstuma, habiéndose iniciado con uno de ellos un discreto romance.

Un día de invierno, gris y lluvioso, se encontraba sola en uno de los bancos de la primera sala, y ante sus ojos, una oruga que primero la asustó, quedó inmóvil, separada del medio que la rodeaba. Marisa quedó absorta ante el repugnante insecto durante largo tiempo

De pronto, ante sus ojos asombrados, se abrió el pequeño cuerpo repulsivo y una inesperada mariposa de transparentes alas amarillas, empezó a revolotear, libre y hermosa, en el lúgubre patio de la Morgue


Maríaluisa Blengio