Fecha

2019

Categoría

Narrativa

La pintura blanca corría convertida en gotas gruesas, espesas, tan grandes que reflejaban vagamente el rostro de Jorge. Contempló disconforme el resultado de pasar la brocha de pintura, y calculó que eran tantas las gotas que corrían por la pared como las de sudor por su frente. A su lado, Beatriz, su mujer, se encargaba de los marcos y del trabajo fino. Miró de reojo el trabajo de su marido y resopló, disgustada.

--Así queda lleno de grumos.—exclamó, concentrada otra vez en su trabajo.

--Se van en la segunda mano.—respondió en el mismo tono Jorge.

Habían estado así toda la mañana. El enojo de ella se debía a estar pintando una casa que no quería ver ni en fotos, perdida en el medio del desierto, a más de una hora de cualquier civilización. El enojo de él se debía a que ella sólo vestía un bikini y vaqueros cortados, y contemplando las finas gotas de transpiración que le corrían entre los senos, tenía que ahogar el impulso del deseo que le apremiaba en la boca del estómago.

Jorge se retiró un momento de la pared y tomó una Coca-Cola de una heladerita portátil. Recién entonces notó a Betty, que pomposamente se acercaba al cuarto, caminando con los pasos torpes de su año y medio de edad, cubierta tan sólo con un pañal. Su cuerpo estaba cubierto por sudor. La niña miró a su padre un momento y exclamó algo incomprensible. Luego, su propio peso fue demasiado para sus piernas y cayó sobre el pañal quedando sentada y farfullando.

--¿Calor, gordita?—preguntó Jorge, sonriéndole. La bebé contestó algo que sonó a chino, mientras hacía inútiles intentos por levantarse. Su padre se giró y volvió al trabajo. Beatriz miró el refresco en su mano y a la niña que aún no conseguía ponerse de pie.

--Podrías haberme traído una--protestó la mujer—y podrías prestarle atención a tu hija, para variar. La réplica que Jorge nunca alcanzó a proferir, se vio interrumpida por un lejano grito. Un grito sordo, apenas humano. Un desesperado aullido de pena y dolor en el silencio del desierto. La desesperación hecha sonido. Quedaron inmóviles. Incluso la bebé, que desistió de levantarse y levantó sorprendida la cabeza. Hubo un instante de silencio, donde esperaban la repetición, o eco del sonido, para confirmar que había sido algo real. Entonces Betty empezó a llorar.

--¡Por Dios!—exclamó Jorge-- ¿Qué fue eso? Beatriz levantó en brazos a la niña y la pegó a su pecho. Ni aún así la bebé dejó de chillar.

--No sé…-- respondió—Ya… ya… nena, ya pasó.

--¿Alguien precisará ayuda?—Jorge permanecía quieto, la brocha en una mano, la lata de Coca-Cola en la otra. Las gotas, tanto de pintura como del sudor del refresco, caían al suelo, formando un pastoso centímetro y medio de líquido blanco. Beatriz no contestó. La pareja salió al patio, donde las lozas rojas combatían infructuosamente con la arena. Miraron al horizonte, como esperando escuchar algo de nuevo. El sol relucía en todo el lugar, especialmente en la Pick-Up cromada que se volvía casi incandescente. Cegados, buscaron el origen del grito.

--¡Allí!—gritó Jorge, señalando una bandada de buitres que revoloteaba en el horizonte. El hombre hizo un ademán de dirigirse a la camioneta, pero una mano de Beatriz, quien todavía pugnaba por tranquilizar a la niña, lo detuvo.

--¡No nos vas a dejar solas!—chilló, los ojos dilatados por el miedo. Jorge vaciló.

--Pero… puede haber alguien herido… o inconsciente.—exclamó, más su esposa negaba con la cabeza.

--También podemos ir todos en la camioneta…-- insistió él, aún mirando la siniestra sombra negra que sobrevolaba el desierto. Pero Beatriz seguía negando.

--Debe haber sido un animal…-- dijo ella entonces. Betty se había callado y miraba todo asustada, entre los brazos de su madre.

--No sonó a un animal, Beatriz, alguien puede precisar ayuda…-- protestó Jorge. En el horizonte, un buitre realizó un giro en el aire y se dejó caer. Sus congéneres graznaron estruendosamente, transformando el silencio del desierto en una cacofonía insoportable. La bebé comenzó a llorar nuevamente.

--Hacé lo que quieras.—se encogió de hombros Beatriz, mientras entraba en la casa. Jorge la contempló un momento, y se giró nuevamente, de cara al desierto. Los buitres se dejaban caer a tierra uno tras otro, realizando un singular y macabro baile. Jorge quedó allí, inmóvil, la mirada perdida, apoyado en la camioneta, hasta que el metal caliente le quemó. Cuando no resistió más el sol, entró en la casa.



El espejo estaba descascarado. En uno de sus lados, el óxido había empezado a comérselo, lo que convertía a esa superficie reflectante en un adefesio bastante difícil de utilizar. Jorge contemplaba su rostro recién afeitado. Pasó la yema de los dedos por encima del labio superior, descubriendo medio labio aún áspero por la barba. Suspiró, concentrado en su propio reflejo, en las ojeras y marcas de cansancio, producto de una pasada noche de insomnio. Resignado, comenzó a cepillarse los dientes.

Cuando escupía esa mezcla de agua, pasta de dientes y saliva, además de un hilillo de sangre de una encía casi tumefacta, Beatriz apareció en la puerta del baño. También ella había pasado una mala noche. La bebé se había despertado constantemente y sólo su madre podía calmarla. Beatriz lo miró inexpresiva desde el resquicio de la puerta.

--Hoy nos vamos al pueblo, --exclamó Jorge, con la boca aún llena de pasta—informamos del grito y los buitres. Después vos y la nena se van para casa, yo vuelvo a trabajar y termino todo por acá. Ella no respondió. Se limitó a mirarlo, silenciosa, por espacio de medio minuto. Cuando él terminaba de enjuagarse la boca, lo dijo.

--La camioneta ya no está.

Las palabras produjeron un efecto en Jorge similar a un martillazo. Se tambaleó un momento, asiéndose a la pileta por donde corría débilmente un chorro de agua casi turbia. Luego, parpadeó incrédulo un instante, para lanzarse a la carrera hasta afuera, seguido lentamente por su mujer. Efectivamente, la Pick-Up ya no estaba.

Jorge, haciéndose visera con una mano sobre los ojos, examinó el terreno beige y amarillo. Buscaba huellas, marcas en la arena que certificaran el robo del vehículo, más no había nada. No habían rastros de un avance del coche sobre la arena, ni impulsado por su motor o empujado. Nada.

--Yo no escuché nada anoche...—murmuró él, sin mirar a su esposa.

--Yo tampoco... y estaba bien despierta.—replicó Beatriz desde el resquicio de la puerta.

La camioneta había desaparecido. Se había evaporado.

Dentro de la casa, Betty comenzó a llorar. Se había despertado. Beatriz miró un momento más a Jorge, y este, sin saber por qué, bajó la cabeza y no le sostuvo la mirada. Ella entró en la casa.

Los buitres habían desaparecido. El horizonte estaba limpio y nada rompía la monotonía del desierto. La mirada de Jorge se perdió entre los altibajos de las dunas, y en el pequeño sendero de tierra roja que oficiaba de salida desde la casa hasta la carretera. Nada se movía. Todo permanecía estático en esa mañana sin brisa. El sol se cernía, inclemente, sobre la pequeña casa en construcción y sus habitantes. Jorge realizó un corto avance, con pasos torpes, hacia el desierto. Se sentía pequeño, impotente. Sintió la casa achicarse en la distancia, a sus espaldas. Retrocedió, asustado, como si el cordón umbilical que aún lo unía a la cordura se hubiera tensado hasta su límite.

Dentro de la casa, la niña aún lloraba. Jorge tuvo ganas de llorar también, aún sin saber por qué, aún sin comprender qué ocurría. Se detuvo en la puerta de la casa y esperó. Algo tenía que suceder.

Un corto graznido rompió el silencio. Los buitres aún estaban allí. No a la vista, pero allí estaban. Casi corriendo, Jorge entró en la casa.



Ocupando completamente la mesa, Jorge había desparramado la serie de objetos necesarios para la caminata hasta el pueblo más cercano. Sombreros para él y Beatriz, la mochila para bebés, donde llevaría a Betty sobre el pecho, varias botellas de agua mineral, y por último, un martillo largo y pesado. Agregó un tul blanco casi transparente para tapar a la bebé y un par de paquetes de galletas de salvado, lo que quedaba de provisiones en la alacena. En ese momento, entró Beatriz en el cuarto.

--No sé si quiero ir.—exclamó. Jorge la miró un instante, luego siguió acomodando las cosas.

--Ya lo hablamos...—respondió—si querés... te quedás acá con Betty, trancan todo y me esperan. Pero yo prefiero que vengan conmigo. No son más que tres horas de camino.

--Si... pero acá está la casa, no sé... me siento más segura acá.

--Como vos prefieras.

--¿Y si esperamos? Ya vendrá alguien y...

--¿Quién va a venir? Dijimos que estaríamos acá todo el mes.

--Pero en el pueblo... en el almacén...

--¿Se van a dar cuenta que no volvemos? Para eso tiene que pasar mucho tiempo... y eso si nos recuerdan.

Se quedaron mirando en silencio. Para Beatriz la idea de partir entrañaba más riesgos todavía, para Jorge irse dejando atrás a su familia se volvía imposible. Pero algo debía hacerse, era evidente. La unión entre los sucesos del pasado día y esta mañana, el grito y la desaparición de la camioneta, no podían ser hechos aislados entre sí. Sin entender por qué, se sabían en peligro. Finalmente, Beatriz aceptó.

--Vamos todos—asintió con un gesto.

--Muy bien—convino Jorge—traé a la nena... y nos vamos de una buena vez.

--Espero que no llore de nuevo...—suspiró Beatriz.

--Este último rato a estado muy tranquila... no lloró ni nada—sonrió Jorge.

Su esposa desapareció en el dormitorio, mientras él guardaba las cosas sueltas en una mochila pequeña, que cargaría Beatriz. Se colocó el martillo a la cintura. Realmente, no se sabía capaz de esgrimirlo para defenderse, pero el llevarlo le daba cierta seguridad.

Entonces Beatriz gritó.

El martillo resbaló desde la cintura y golpeó sordamente sobre el piso de cal. El grito, desgarrado y agudo, se sostuvo por espacio de diez largos segundos. Cuando se interrumpió, Jorge reaccionó, corriendo hasta el dormitorio. Beatriz estaba de rodillas en el piso, la boca abierta, los ojos fuera de sus órbitas. Permanecía en un grito sin sonido, la garganta muerta, la voz helada. Delante de ella, la cuna estaba vacía.

--¿Dónde está?—chilló Jorge. Pero, Beatriz sólo se mecía para atrás y para adelante, petrificada y muda. Jorge avanzó, vacilante, por el cuarto cerrado. No había suficiente espacio como para no ver a la bebé. No había lugar donde esta permaneciera oculta.

--¿Betty?—tartamudeó Jorge, sintiendo que le fallaban las piernas.

--Mi bebé...—murmuró Beatriz a sus espaldas-- ¡Mi bebé! ¡Mi bebé! ¡Mi bebé!

Sus gritos se hicieron cada vez más fuertes, las palabras perdieron contenido y sólo fue un grito gutural, primario. Jorge no lo resistió. Se agarró la cabeza con las manos y salió afuera, tapándose los oídos. Corrió hasta que la arena le llegó a las rodillas. Allí se dejó caer bajo el sol, la casa pequeña y desvalida detrás de él. Las lozas rojas del patio. El sendero también rojo que debía haber llegado alguna vez hasta la carretera. Donde alguna vez hubo algún regreso hasta la civilización. El tejado de zinc. El piso de cal. Las ventanas sin cristales, sólo cubiertas por descascarados postigos de madera. La casa vacía.

Beatriz había dejado de gritar.



Cada grano de arena es diferente pero igual a la vez. Uno y otro se vuelven idénticos, pero se saben distintos. Sus tamaños, formas, incluso sus contenidos, pueden ser los mismos, pero íntimamente cada uno de ellos se sabe un individuo. Se sabe, sin embargo, parte de algo. Diferente, pero lo mismo.

La cara de Jorge se hundía en la arena. Tirado cuan largo era, se sentía hundirse lentamente, casi imperceptiblemente, en ese mar amarillo, donde el sol refractaba como si iluminara cristales. Sus manos, abiertas, las palmas sobre el suelo caliente. Su cuerpo, aplastado por la presión y la culpa. Los ojos, ya secos y sin lágrimas. Su mente vacía.

Comenzó a arrastrarse nuevamente. No sabía adónde ni por qué continuaba. Sólo le quedaba un reflejo elemental de continuar adelante, siempre adelante. Un hilo de saliva se escapaba por la comisura de sus labios, y se confundía con la arena. La boca, abierta y jadeante, había perdido para siempre la capacidad de articular palabra alguna.

No se sorprendió al descubrir las sombras sobre su cuerpo. Eclipsando por momentos el permanente sol, los buitres sobrevolaban su presa. Esta aún se movía, y ellos no eran estúpidos. Si la presa se mueve, todavía puede defenderse. Ellos no cazan. Sólo aprovechan lo que queda. La carroña.

Jorge giró sobre sí mismo y quedó boca arriba. Los vio girar, realizar arcos en el aire, incomprensibles. Los escuchó graznar en su idioma, más antiguo que la palabra y la forma. Carente de contenido, pero que significaba todo. Los miró durante segundos, minutos, horas quizás. Pacientes, su número cada vez mayor. Hasta cubrir todo el cielo.

Y sólo pudo gritar.

Un grito sordo, apenas humano. Un desesperado aullido de pena y dolor en el silencio del desierto. La desesperación hecha sonido. Los buitres se dejaron caer uno tras otro sobre su presa.


Rodolfo Santullo